
No se sentía culpable. Ni siquiera se arrepentía. Sólo sentía ese peso irreprimible provocado por sus propias decisiones. Una carga que no podría compartir con nadie más que con su bífida conciencia, por no decir bifronte, o bipolar.
No, no era culpa. Sólo una llaga profunda que la atravesaba de lado a lado.
Era su camino andado que había ido marcando su piel con el paso de los años, de los desencuentros, de las decepciones. Eran líneas entrecruzadas, circulares, paralelas, legibles sólo para ella, y su bífida memoria.
Era la sombra que deja todo lo perdido.
Y era también, apenas, el paso del tiempo.
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