
La reina de corazones puede poseer todos los corazones, precisamente porque no tiene propio. Su privilegiada condición le permite ser cruel, despiadada, fría, calculadora, indiferente a todo.
Las lágrimas le hacen cosquillas, los gritos de dolor la estimulan, los besos apasionados le dan náuseas o la descomponen por una semana.
No tiene altibajos, nunca duda, jamás la han visto atormentada. Siempre luce jovial y enérgica.
Gana siempre al ajedrez. Y su reino es un reloj que jamás atrasa.
Sólo sufre jaqueca una vez al día, curiosamente al atardecer. Cuando el sol abandona la tierra y tiñe de rojo y nostalgia la mirada de todos sus súbditos, una insoportable envidia la carcome. Entonces, sin otro remedio, se encierra en su cuarto lleno de corazones sangrantes, cierra los postigos y se sienta a esperar a que pase ese odioso momento del día.
Por lo demás, siempre tiene todo bajo control.
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