miércoles, 9 de febrero de 2011

V. Victoria


Había ganado la guerra. ¿Había ganado la guerra?
Estaba ileso, y la bandera de su ejército finalmente se enarboló en el cielo turbio.
Pero no podía engañarse. Ya nada volvería a ser igual.
Más tarde regresaría, él encabezando la procesión triunfante, lloverían sobre él coronas y pétalos de flores.
Sabía que era un espectáculo necesario. Era necesario justificar ese otro espectáculo que era el campo de batalla en ese instante. Cuántas vidas interrumpidas para que flameara esa bandera en el cielo, para que llovieran rosas y laureles sobre un lomo que quedaría para siempre bañado de sangre.

IV. Decisiones


No se sentía culpable. Ni siquiera se arrepentía. Sólo sentía ese peso irreprimible provocado por sus propias decisiones. Una carga que no podría compartir con nadie más que con su bífida conciencia, por no decir bifronte, o bipolar.
No, no era culpa. Sólo una llaga profunda que la atravesaba de lado a lado.
Era su camino andado que había ido marcando su piel con el paso de los años, de los desencuentros, de las decepciones. Eran líneas entrecruzadas, circulares, paralelas, legibles sólo para ella, y su bífida memoria.
Era la sombra que deja todo lo perdido.
Y era también, apenas, el paso del tiempo.

III. Reina de corazones


La reina de corazones puede poseer todos los corazones, precisamente porque no tiene propio. Su privilegiada condición le permite ser cruel, despiadada, fría, calculadora, indiferente a todo.
Las lágrimas le hacen cosquillas, los gritos de dolor la estimulan, los besos apasionados le dan náuseas o la descomponen por una semana.
No tiene altibajos, nunca duda, jamás la han visto atormentada. Siempre luce jovial y enérgica.
Gana siempre al ajedrez. Y su reino es un reloj que jamás atrasa.
Sólo sufre jaqueca una vez al día, curiosamente al atardecer. Cuando el sol abandona la tierra y tiñe de rojo y nostalgia la mirada de todos sus súbditos, una insoportable envidia la carcome. Entonces, sin otro remedio, se encierra en su cuarto lleno de corazones sangrantes, cierra los postigos y se sienta a esperar a que pase ese odioso momento del día.
Por lo demás, siempre tiene todo bajo control.

II. Sueños y realidad


Pero entonces, ¿cuál era la realidad, sino aquellos sueños que se proyectaban como una película interminable delante de sus ojos?
No, no puede ser ese sol mezquino, ni estas calles gastadas y grises. No puede ser ese silencio de pájaros migrados, de niños inexistentes corriendo por la calle.
La realidad tiene que ser la otra, esa que se dibuja con colores invisibles, esa que ella sueña con los ojos muy abiertos, en una eterna noche oscura.
La realidad tiene que ser esa que cada tanto le arrebata una sonrisa, y hasta a veces la hace reír.

I. Unicornio rojo


Los unicornios rojos no pasan desapercibidos. No pueden darse ese lujo. Su destino no es el claro de un bosque, ni la feliz tranquilidad de una colina, ni siquiera el reposo alado de los cielos.
Los unicornios rojos saben que su existencia se debate entre una vida pública, llena de exposiciones, y otra absolutamente oscura, en la clandestinidad.
Algunos dicen que cuando se cansan de las sombras de las cuevas y los pantanos y finalmente deciden salir a la luz, es tan fuerte el impacto del sol sobre su tersa piel, que parecieran desplegarse cintas anaranjadas a su alrededor.
Pero esto sólo ocurre cada miles de años, cuando los extraños unicornios rojos deciden aceptar su condición de únicos en el mundo, de rojos, y mostrarla libremente. Sólo su mirada es negra, negra y oscura, como un abismo interminable.