
Tan fuerte, Ariadna, fue tu amor, que dejaste todo por él, que desconociste padre, hermano y trono. Todo abandonaste por Teseo y para gloria de Teseo. Todo le diste, y olvidaste que el hilo que te unía a él no era el invisible de tu amor, sino el visible de tus ilusiones.
Tanto amaste y tanto diste, que al quedar abandonada, solo un dios pudo devolverte la deshonra con que te pagó un hombre. Que hasta Catulo imaginó tus palabras y le regaló al latín lo más hermoso y desgarrador de su poesía. Que el barroco no pudo darle al claroscuro la oscuridad absoluta de tu desdicha.
Ariadna abandonada, sos mil veces más olvidada cuando recortan de tu historia el triunfo sobre la bestia, ignorando lo fugaz que para vos fue la victoria.
¿Cuánto duraron esos instantes de infelicidad? ¿Cuánto duró esa muerte espantosa, agonizando en una isla? Qué dolor habrá sido más fuerte, el de un futuro sin esperanzas o el de la traición de Teseo, el de una muerte inminente o el de tu amor perdido. ¿Seguirías amándolo junto a tu odio? No podemos saberlo. Sólo nos queda el retrato de tu fugaz tragedia; la imaginación que te proyecta desgarrada y sin esperanzas, lastimando tu piel contra la arena.
¿Fuiste feliz con Baco? ¿Pudo esa felicidad póstuma dirimir tu tragedia?
Otras mujeres, Ariadna, no tuvieron tu suerte, no tuvieron dios que las redima. Sólo fueron abandonadas y condenadas a vivir en el mundo con la pena de su amor.





